Escrito por 17:11 Sociedad

Felicidad

La felicidad no está en los anuncios, ni en las certezas: está en entender y en resistir.

Arduo trabajo tiene esta muchacha si tenemos en cuenta que lo único seguro al nacer es que terminaremos falleciendo. Mal empezamos. Cuando me enteré de este sindiós, pensé que era una broma. Tras esta afirmación universal, verdadera e ineludible, el que crea que está cuerdo es el mayor de los tarados. Sobre este tema, el único que me ha ofrecido consuelo, después de tantos años, es Epicuro en su Carta a Meneceo, también conocida como Carta sobre la felicidad:

Por eso la muerte, el más terrible de los males, no es nada para nosotros, teniendo en cuenta que, cuando estamos, la muerte no ha venido, y, cuando viene la muerte, nosotros no estamos.”

A estas alturas de la lectura, más de uno empezará a pensar… “¿quién se cree este imbécil para atreverse a hablar de algo tan excelso como la felicidad?”. Y no le falta razón, así que voy a optar por exponer lo que otros han dicho sobre ella.

Séneca se ayudó de ideas de escuelas rivales argumentando que la verdad era propiedad de todo el mundo, sin importar de dónde viniera. Y eso me propongo, aunque seguro que será un trabajo completamente incompleto.

A lo largo de la historia, muchos han reflexionado sobre la felicidad. Simplificando, podríamos dividir esas ideas en dos grandes corrientes, en las que encajamos casi todos.

El primer modelo es el socratismo o el clásico griego. Para ellos, la vida humana es indescifrable e ingobernable, y proponen la razón como parapeto frente a los vaivenes del destino. La felicidad es, para ellos, una práctica continua de la virtud, en la que hay que intentar controlar al animal instintivo que llevamos dentro. La buena vida consiste en poseer el máximo de felicidad y virtud, entendiendo virtud como el desarrollo pleno de todas las potencialidades de la persona, o como se suele decir ahora: “sentirse realizado”.

El modelo romántico es contrapuesto al clásico. El ser humano debe enfrentarse a los golpes de la vida sin temor, y cuantos más reciba, más resiliencia obtendrá. Se debe dar rienda suelta a los instintos, y se reivindica que viviremos más felices cuanto más nos acostumbremos a las penurias que nos impone el destino.

Personalmente, no me puedo decantar por ninguno de los modelos. Me parece que los clásicos tienen razón al afirmar que debemos utilizar el pensamiento como defensa ante las adversidades que surjan, pero también estoy de acuerdo con los románticos: no se puede vivir con el miedo en la nuca, porque terminará administrando dosis ingentes de dolor.

Escribía Epicteto:
“La felicidad es la ausencia de dolor.”
Es una visión negativa de la vida, aunque sería un buen punto de partida, una premisa sin la cual es muy complicado obtener ciertas dosis de dicha. ¿Cómo se puede ser feliz con sufrimiento físico o mental…?

El paso siguiente sería soslayar las desavenencias de la vida e intentar vivir un hedonismo clásico, en el que la búsqueda del placer sea el fin de nuestras vidas. Entendido como el disfrute tanto de los placeres corpóreos (el sexo o la comida), como de los intelectuales (la contemplación de la belleza, el deleite de crear arte, la satisfacción de un pensamiento extraordinario…).

Para eso sirve la filosofía. Su fin último es entender la vida. Aristóteles estaba convencido de que la mayoría obtiene la mayor parte de su placer aprendiendo cosas, preguntándose por el mundo y preguntando al mundo. De hecho, consideraba que llegar a comprenderlo —y no solo a nivel académico, sino en cualquier aspecto de la experiencia— era el verdadero objetivo de la vida. Sin entender el mundo que nos rodea, es muy difícil ser dichoso. También decía que los niños no pueden ser plenamente felices porque no tienen experiencia suficiente, y por eso buscan la gratificación instantánea y les resulta imposible pensar a largo plazo.

Esto último me suena mucho. Lo veo constantemente en los anuncios. Vamos como pollos sin cabeza en busca de la experiencia increíble que nos va a dar ese bienestar instantáneo. Así crean los anuncios: nos prometen viajes inolvidables, productos que nos cambiarán la vida… pero seguimos siendo desgraciados días después de comprar ese automóvil que nos iba a hacer tan dichosos.

La felicidad contemporánea es inmediatez, efímera y naif.
Y no critico los placeres instantáneos; sostengo que es indispensable buscar la felicidad a largo plazo. Los clásicos dicen que debemos bosquejar lo que queremos que sea nuestra vida; de los detalles ya se irá encargando el tiempo y las circunstancias.

Nadie será más feliz por leer estas líneas, lo sé. Pero os aseguro que lo que aquí aparece ha sido filtrado durante siglos. Si no fuera útil, estaría enterrado en tratados filosóficos que solo entienden algunos intelectuales —y ni siquiera estoy seguro de que ellos expriman la vida mejor que tú o que yo. Aunque cada uno con su razón… y su búsqueda de la felicidad.

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